La sociedad contemporánea ya no se organiza mediante la prohibición y el mandato, sino mediante el proyecto, la iniciativa y la motivación. La sociedad disciplinaria, descrita por Foucault, distribuía sus sujetos entre instituciones de encierro —cárcel, fábrica, cuartel, manicomio— y los gobernaba por la negativa: lo que no está permitido, lo que se debe. La sociedad del rendimiento los gobierna por la positiva: lo que se puede.
Este desplazamiento no elimina la coerción; la intensifica bajo una forma más eficaz. La obligación de rendir no llega desde un amo externo, sino desde el propio sujeto, que se ha convertido en empresario de sí mismo. La presión sin límite que antes ejercía otro la ejerce ahora el propio yo. La libertad del sujeto del rendimiento no es real: es una coerción que ha interiorizado su propia lógica y se experimenta como impulso propio.
Las patologías que genera cada sociedad revelan su estructura. La disciplinaria producía criminales y trastornados: personas que infringían la norma o que la norma aplastaba. La del rendimiento produce deprimidos y fracasados: personas que no rinden lo suficiente ante un imperativo que no tiene techo. La depresión contemporánea no nace del exceso de responsabilidad sino de la presión de rendir; no es culpa de un enemigo externo sino de la exigencia infinita de superarse.
El Animal laborans moderno porta su propio campo de trabajos forzados. La sociedad del rendimiento no representa la emancipación respecto a la disciplina, sino una forma de dominación más sofisticada: aquella en la que el dominado no solo obedece, sino que quiere.
Referencia: Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio.