El aburrimiento profundo tiene valor creativo precisamente porque es el opuesto de la estimulación dispersa que cultiva la sociedad hiperactiva. Mientras que la hiperatención cambia rápidamente de foco y tolera mal el aburrimiento, el aburrimiento profundo relaja espiritualmente y permite incubar experiencia.

La multitarea no es un avance civilizatorio sino un retroceso. Se asemeja a la vigilancia animal en la naturaleza salvaje: una distribución superficial de la atención entre amenazas y estímulos, adecuada para sobrevivir pero incompatible con la cultura. La sociedad que se aproxima a este patrón lo hace a costa de la atención intensa y contemplativa que presuponen la filosofía, el arte y el pensamiento genuino.

El estrés solo reproduce y acelera lo ya existente. No genera nada cualitativamente nuevo. El aburrimiento profundo, en cambio, puede romper el movimiento lineal y abrirlo a algo imprevisto. Caminar puede convertirse en danza cuando el hastío profundo interrumpe la marcha recta: las inflexiones de la danza no encajan con el principio de rendimiento.

Recuperar el aburrimiento profundo implica aceptar pausas que no estén subordinadas a la productividad. Solo entonces surge una forma de experiencia temporal que no sea mera aceleración de lo ya existente, y que haga posible la Vita contemplativa en el sentido aristotélico.

Referencia: Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio.