Han distingue dos formas radicalmente distintas de cansancio. El cansancio destructivo desune, aísla, destruye el habla, la mirada y la comunidad. Ocupa todo el campo visual con el yo e impide el contacto con el mundo. El cansancio fundamental, en cambio, abre un intervalo compartido: reduce el ego, vuelve las cosas permeables y devuelve la confianza en el mundo.
El cansancio reconciliador produce un «más de menos yo»: el ego se vuelve permeable al mundo y el mundo gana gravedad. Se restablece algo de la capacidad de ver y ser visto, de conmoverse y ser conmovido. Este cansancio crea una cordialidad sin pertenencia ni parentesco, una comunidad de fatigados que comparten una lasitud capaz de generar concordancia y paz.
La lasitud inspiradora no incapacita sin más: inspira a no hacer. Permite serenidad, demora y atención a formas duraderas que la hiperatención no capta. Es el correlato experiencial de la Potencia negativa: donde esta rechaza la avalancha de estímulos por decisión soberana, el cansancio fundamental logra una apertura similar a través de un agotamiento que ha soltado el ego.
El sabbat —día de no hacer, tiempo sin finalidad e intermedio para el juego— funciona como la forma social de este cansancio. Frente a La sociedad del rendimiento, Han imagina una sociedad del cansancio que haga de esta forma de paz el fundamento compartido de una nueva comunidad.
Referencia: Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio.